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lunes, 29 de agosto de 2011

Adadasd

Y juró que nunca lo quiso así, pero terminó tomándose dos cócteles de caricias y abrazos, varias copas de besos y dos botellas de sexo... o tal vez tres? Y al otro día se daba cuenta de que los montones de zapatos por toda la casa abundaban, de que las plantas estaban secas, de que lo que había escrito se había perdido por ilegible, de sus gafas rotas y sus ropas desgarradas.

Vasos rotos, ropa sucia sobre la mesa del comedor, ni una prenda en el armario, nevera vacía y reloj sin pilas, telarañas pegadas de las cortinas y recuerdos transparentes en cada rincón conformaban la casa de la que nunca se enamoró.

Ella vivía para nadie, nadie vivía para ella, ¿y qué?, a ninguno de los dedos que la tocaron le importó la suerte de su cuerpo después de ya robada su inocencia. Que se enredaba en unos trapos y se dejaba caer en formas de fantasma y escorpión, sintiéndo cómo cada quemadura le tallaba el alma hasta lo profundo y se le antojaba que se moría allí, colgada, cabeza abajo.

Y ni con chocolates pudo salir de allí, cada vez se hacía más normal que en las noches se revolcara, y luego ya no era por las noches solamente sino también al mediodía y a cualquier hora que sus ojos vieran con quién podría llevarse a cabo el ritual sagrado que llevó su cuerpo al máximo desgaste.

Su piel se tornó pálida, sus bellos cabellos decidieron abandonar su cabeza para recorrer el mundo, la capacidad de su organismo de soportar cuánta porquería ella le metiera desapareció, y, tal como el médico lo diagnosticó, a los pocos meses murió.

3 comentarios:

Katenkos dijo...

Interesante.
(Tallaba)

Isabel dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Interesante...