
No es necesario nombrar la rosa podrida que llevaba en la cabeza, tampoco el blanco de su cara, estaba ahí y punto.
Estaba ahí, tratando de entender lo que yo decía, pero no podía.
Ella era la duendecita, aquella vestida de viento, que sentía la cara fría y se olvidaba de respirar. Se caía y vomitaba mariposas.
La que caminaba sobre las nubes y le robó los colores al aire.
Que la tonta ésa no tiene vida propia, ¡se alimentaba de las transmutaciones de las fantasías de la gente!
Y creo que ya debería dejar de hablar de ella. Espero no me mate por esto.