
Fijáte que justamente a vos quería decirte una cosita:

A veces me pierdo pensando que no hay nada que buscar, pensando en que tal vez la pelea ya acabó, que no hay nada más por qué luchar; pero miro a mi alrededor y sólo veo caras lánguidas y cuerpos famélicos que me miran afligidos e hirientes, como si fuera yo la causante de todas sus desgracias y, como siempre, allí está usted.
Entonces cruzo la línea entre el cielo y el mar, me alejo de ellos, de ellos y de usted; viajo por los octubres, por los abriles, me convierto en esas nubes negras que cubren las cabezas de la gente y, por supuesto la suya, últimamente. Supongo que como nadie, ni usted, puede sentir lo que las nubes dicen, soy una nube. Ellas me quieren, me dibujan, me oyen, se ahuecan para dejarme ver las estrellas en las noches de neblina, y es que yo soy su hermana.
Me doblo como un cactus seco, allí al lado suyo, sin que usted me vea, y me escabullo en sus bolsillos, le revuelco las cositas que allí guarda; me le meto por la boca, duermo sobre sus muelas; me le siento en las orejas y le susurro cositas que usted no comprende, usted no sabe que yo existo.
Sin embargo, yo sé que a usted le gustar ver mis paisajes, estos paisajes que no todos pueden comprender, estos paisajes que yo pinto para usted y que usted no sabe; usted los ve, yo lo sé.
Usted los ve, usted los ve, usted los ve, usted los ve, usted los ve y luego sólo quedan obsesiones frías sobre mi espalda, se me trepan por los hombros y se balancean en mi pelo. Ah, mi pelo, el que he dejado crecer justamente para ellas, para que puedan acomodarse mejor en mi cabeza y no se quieran ir. En parte lo hago porque hay algo en mí que no quiere abandonar esta realidad aplastante, porque todos dicen que mi pelo es bonito y lo que no saben es que lo bonito de mi pelo es que está hecho de obsesiones frías que usted ha puesto sobre mi espalda para que suban por mis hombros, se balanceen en mi pelo y se quedan allí para siempre.
Así que, así pensando, llego a la conclusión de que la realidad aplastante que vivo y esas caras lánguidas y cuerpos famélicos, de los que yo hago parte, están formados por sus recuerdos, también lánguidos y famélicos. Sí, es todo culpa suya, es únicamente suya porque a mí no me gusta aceptar cuando la culpa es mía, entonces es suya y punto.
Y… como lo que me llevó a usted fue justamente esto, dibujarle paisajes en letras, entonces me voy, no vuelvo a joderlo más, no vuelvo a escribirle ni a mirarle ni a hablarle. Me harté de esa lejanía estúpida de la que usted forma mis obsesiones, de esa cara de imbécil que pone cada vez que me recuerda, del miedo que le produzco, me harté de su pelo.
PD: Necesito una nueva inspiración, pero ¿cuál?, si usted ya no existe ¿a qué le escribo?, ¿de qué escribo? Necesito salir, sí, voy a escribir de aquellas personas con las que salga, voy a disfrazar la realidad con colorcitos lindos, pasteles y cursis. Ah, se me olvidaba, no tengo con quien salir porque siempre me hacen cara de quépereza.
¿Nunca se ha sentido como un pedazo de mierda?, o, mejor aún, ¿Cómo un pedazo de… nada? [Como si la nada viniera en pedazos, pues, ja-ja].
Pues, ¿qué puedo decir?, que últimamente no hago más que esconder cómo me siento frente a las personas, pero apenas me encuentro sola se me caen los ojos en gotas de acuarela. Es suficiente para mí un momento, sí, tan sólo uno, para que las ganas de llorar le ganen a mi cordura y comience a gritar y a querer arrancarme el pelo; tan sólo un momento para que empiece a arañarme la cara, los brazos, el cuello… para que empiece a comerme el odio por la humanidad.
De verdad que quería a la gente, de verdad que me gustaba escucharla, de verdad que me gustaba hacerla sonreír cuando estaba triste; de verdad que me encantaba abrazar a la gente, demostrarle cuánto la quería. Pero vaya decepción me he llevado al ver que a la gente nada de eso le importaba, que le daba totalmente igual si yo la quería, si la escuchaba, si la hacía sonreír; le daba igual si la abrazaba o no, si le demostraba cuánto la quería.
Qué egoísta es la gente que me juzga de egoísta porque ya no escucho, porque ya no hago sonreír, porque ya no abrazo y porque ya no demuestro querer a nadie. ¡Qué egoístas! Si yo siempre los escuchaba y cuando quería ser escuchada se esfumaban como hombres grises. Si yo siempre trataba de hacerlos sonreír cuando estaban afligidos, pero si era yo la afligida huían de mí. ¡Qué egoístas! Si les daba abrazos sin que me los pidieran pero tenía que armar toda una operación de búsqueda para encontrar a alguien que me diera uno, pero mediocre, como quien no quiere la cosa. Si les decía tequieros cada que podía, pero, ni siquiera sé hace cuánto que no escucho a alguien decirme un tequiero sincero.
Sí, lo sé, hay gente que se ofenderá y pensará: “pero yo sí la escucho”, “pero yo sí trato de hacerla sonreír cuando está triste”, “pero yo sí le doy abrazos”, “pero yo sí le demuestro que la quiero”, “pero yo sí le he dicho tequiero”.
“But, in the end, everyone ends up alone, losing the only one who’s ever known who I am, who I’m not and who I wanna be” [You Found Me-The Fray]
Hay cosas que yo no puedo hacer, no tengo súper poderes. No puedo crear a alguien que siempre esté dispuesto a escuchar tanto mis pendejadas como mis problemas (mis estúpidos problemas), a alguien que siempre me haga sonreír, siempre. Tampoco a alguien que me abrace como si nunca más quisiera soltarme, tan sinceramente que yo pueda sentir la vibración de su cariño por toda la piel. Quiero a alguien que comparta gustos conmigo, alguien con quien hablar de libros que me gustan, alguien que no me haga cara fea si le digo que me acompañe a la biblioteca departamental, que no me ponga cara de quépereza si le pido que me acompañe un jueves por la noche a bailar música andina en la loma de la cruz.
Alguien no sólo para hablar sino para compartir momentos… un amigo.
Pd: Pido perdón a todos aquellos que se sientan ofendidos por mi egoísmo, de todas formas, yo los quiero.
Creí haber estado perdida hasta que encontré aquella pequeña casita en medio del bosque, con luces en las ventanas. Creí, entonces, estar perdida en un cuento de esos que todos conocemos. Creí tantas cosas que de momento me parecieron tan poco realistas, pues ni estaba perdida ni era un cuento; era un sueño, pero no lo estaba soñando yo, ¿si me hago entender?, alguien estaba soñando conmigo. Y ese alguien vivía en aquella casa que ninguno de nosotros cree posible que exista porque creemos que sólo aquellos dos hermanitos la encontraron.
La calle era larga y empinada, almacenes con artesanías colgadas por todas partes llenaban sus lados. A lo lejos se escuchaba la música, la sangre dejó de correr por mis venas para bailar en ellas, no parpadeaba, estaba ansiosa. Al llegar al final de la calle y divisar ese grandísimo montón de gente, bailando en círculo en aquella plaza, redonda, de ladrillo, el sonido de sus pies contra el suelo me estremeció.
Me abalancé escaleras abajo para llegar a la plaza y pronto me encontré hundida entre aquella multitud, todos sudábamos música, y bailábamos a su ritmo. Pero, hubo un momento en el que, al mirar hacia el suelo, vi unos zapatos que pertenecían a unos pies que bailaban tan bien que quise perseguirlos. Así lo hice. Choqué con su cuerpo y él con el mío, las sonrisas surgieron en medio de la música y al seguirnos los pasos, la amistad.
Pero la noche acabó y la música se detuvo, los pies dejaron de golpear el suelo y se dirigieron a sus lugares. Pronto, el lugar quedó vacío, un vacío oscuro que traía peligro. Con éste silencio, ésta oscuridad y éste peligro, llegó también una despedida, que consistió en darnos la espalda y no volver a vernos jamás.