Él era un personaje de negocios, viajaba con sombrero gris, siempre, su sonrisa era impecable y sus ojos azules, llevaba un maletín de ejecutivo, también gris, como todo lo suyo.
No sé muy bien cómo murió, pero murió. ¿Saben? ultimamente me he estado encontrando con él. Me ha contado mucho sobre su familia, sobre su historia; su historia era su familia. Me contó que amaba a su esposa y que tanía una hija, pero que se había vuelto prostituta.
Yo le pregunté si recordaba su muerte, dijo que no, que un día estaba acostado en su cama, contemplando el hermoso rostro de su esposa llorando, que quiso acariciarla pero cuando fue a hacerlo su mano la traspasó, no pudo tocarla, se dio cuenta de que ya no se reflejaba en el espejo y que ya nadie no lo miraba, como si no lo vieran. Así supo que había muerto, pero nunca supo cuándo, cómo o por qué...
Dijo que necesitaba un cuerpo prestado, para terminar su ciclo, sólo necesitaba que un cuerpo lo transportara y lo soportara. Yo le ofrecí el mío y el hombre gris desapareció.
-¡Lluvia!, te compré un disfraz de princesa, póntelo.
-Mami, sabes que no me gustan ni los disfraces ni el halloween…
-Cómo sabes que no te gustan los disfraces si nunca te has puesto uno? Y tampoco has salido nunca a pedir dulces.
-Mamá, no quiero despreciarte el vestido; y, sí, está muy lindo, pero no me lo pondría, ya soy bastante grande como para disfrazarme de princesa.
-Tienes siete años…
-Está bien, ahora me pongo el vestido; te lo prometo; lo tendré puesto durante todo el día si así lo prefieres, pero no saldré a pedir dulces en la noche. ¿De acuerdo?
-Hija… dime porqué, ¿porqué no te gusta hacer lo que a los demás niños?, ¿por qué no juegas?, ¿porqué no hablas con nadie?
-Hablo contigo, mami, y te quiero. ¿No es eso acaso suficiente?
-Eres tan… tan tú.
-Mamá, quiero escribir; si quieres estar conmigo siéntate a mi lado, pero déjame escribir.
-Sí que pertenecemos al mismo. Ven conmigo, viviremos juntos en el palacio de Ningunaparte.
Tomaste mi mano y la pusiste en tu rostro.
-Te amo-murmuraste en mi oído.
-Yo más-susurré como respuesta.]
Tomé tu mano y la puse en mi rostro. Tus ojos habían tomado un tono gris y tu mirada estaba perdida.
Solté tu mano; te habías ido de nuevo; tu mano resbaló bordeando mi cara, calló en mi hombro y volvió a resbalar por mi brazo. Apretaste mi mano, aún quedaba un poco de tu presencia ahí. Pero yo me solté, ése sentimiento de perdición total en ti jamás lo había sentido, tampoco había sentido antes que te estaba perdiendo.
Me fui desconectando de tu mente, de tu cuerpo y de todo lo que pudieras ser. Me fui transparentando cada vez más para ti… hasta desaparecer.
Caminé sola y perdida, como siempre antes de conocerte, llegué a una cafetería, allí todo era también blanco y estaba cubierto de nieve, las personitas estaban congeladas; congeladas en el tiempo, claro, pero cubiertas de hielo. Crucé por la esquina, esa tradicional esquina que cruzaba todos los recesos, antes, cuando aún la realidad existía y yo estaba en una cosa rarísima a la que llamaban “colegio”; y ahí estaba, como siempre, esperándome,el agua tranquila pero ahora congelada. Cerca de la alta pared estabas tú, no estabas solo.
Besabas sus labios aún con más delicadeza con la que algún día besaste los míos, estabas blanco y con los hombros y cabeza cubiertos de nieve. Los cabellos de ella se movían ligera y suavemente, esparciendo su blanco, su vestido de un blanco purísimo te cubría los pies.
El par de gotitas heladas encontraron el momento oportuno para rodar por mi rostro.
-La pequeña Lluvia está llorando- dijo ella, mirándome con sus hermosos ojos de iris verde bordeado con azul.
-Nieve… me asfixias…-dije
-Lluvia, te amo…-dijiste con un hilo de tu sonora voz.
-Muérete-me dijo Nieve.
Sentí dar mi último suspiro. Estaba en un cuarto blanco, no había viento, ni frio ni calor; sólo una silla, una cadena y una navaja.
Oía el silencio dentro, los gritos fuera; tranquilidad dentro, caos fuera. Subí a la silla, amarré mi cuello a la cadena que pendía del techo para estirar mi cuello, apreté la navaja entre mis dedos y llevé su filo a mi cuello, cerré los ojos y sentí su rose frío. Un aliento de Anhídrido-Carbónico-Sólido se estrelló en mi cara; abrí los ojos y ahí estabas, me mirabas con desmesurada ternura, bajé mi mano. Me pareció oír un “no lo hagas”, pero eso no fue lo que dijiste.
Tomaste mi mano, la de la navaja, y yo apreté la mano, pensé que me la ibas a quitar; pero no. La llevaste de regreso a mi cuello y luego te acercaste a mi cara; con suma ternura, dulzura y delicadeza besaste mi boca mientras conducías mi mano a lo largo de mi garganta, clavándome la afilada cuchilla de la navaja, rasgando mi cuello. Y yo poco a poco me desangraba, manchando tu blanca mano, y tú me besabas lentamente.
Luego, cuando terminaste de clavarme la navaja, alejaste tu cara un poco de la mía y me observaste, con los ojos grises y perdidos.
-Ahora soy yo quien te corta la yugular, ahora soy yo quien te hace sangrar.-dijiste en vos baja.
- T…e…a…m…o…-pronuncié la última letra con un suspiro.
- Te estaré esperando.
Oí mi risa, abrí los ojos, me hacías cosquillas.
-No, para, no me dejas respirar!-decía entre risas
-Te seguiré haciendo cosquillas!
Estábamos en el mismo lugar, la cosa rara, detrás de la cafetería. Ya rendidos de reír nos recostamos en la altapared y miramos el agua tranquila y las matitas flotantes, el pasto había vuelto a ser verde, y el sol a brillar.
-Hey, chicos, cuidado con pescar en ése lago-nos dijeron. Nosotros nos reímos.
-Ven, quiero mostrarte algo.-me dijiste tomándome del brazo.
Te paraste en medio del alto pasto que no podaban hace meses y de repente tu camisa se rasgó en la espalda dejando un hueco en ella, y pude ver cómo dos inmensas alas blancas, azuladas en las puntas, se extendían saliendo de tus omoplatos.
-Vaya!. Pues yo también tengo algo que mostrarte-te dije.
Extendí mis alas yo también, y mi camisa también quedó rasgada por detrás.
-Las tenías bien escondidas!
-Bueno, tu también.
-Tenía miedo de que lo supieras, no sé por qué.
-Vámonos, a donde podamos estar juntos de nuevo y para siempre.
-Al castillo de Ningunaparte?
-Exacto!
Tomados de la mano alzamos nuestras miradas al cielo, como para inspeccionar qué tan nublado estaba; nos miramos, sonreímos, y batimos nuestras alas.
Llevábamos cinco metros de altura cuando un suave zumbido llegó a nuestros oídos, Una pequeña bolita blanca de alitas transparentes revoloteaba por nuestras cabezas.
-Mi… tu suspiro…-dije.
Tu sonreíste.
El suspiro dio unas cuantas vueltas alrededor de nosotros, volviéndonos esculturas de hielo. Por culpa de la fuerza de gravedad caímos al suelo y nos rompimos en billones de trocitos que el sol terminó por derretir.
Hasta ahí recuerdo, tengo tus labios en mi mente pronunciando esa última palabra. Desapareciste, todo desapareció; sólo había oscuridad, oscuridad infinita.
“C[arta] a V[os]:
Desesperante es estar en las tinieblas y no poder salir cuando a uno le dé la gana, desesperante es que la luz duela y lastime. Desesperante es sentir que no tengo la culpa de quererte tanto, desesperante tener alas y no poder volar, desesperante escuchar y no entender, abrir los ojos y no ver.
Ahora no sé muy bien en dónde me encuentro, sé que es oscuro y vacío, como yo.
Pd: Te extraño hoy más que nunca. ¿Qué día es?”
-Hey! Chico de la gabardina, no pintes con óleo que te manchas.
-Quién más, si no tú, podría decir esas palabras?-Dijiste volteándote.
-Creo que necesito que me devuelvas algo.
-Dime…
-Uno de los tantos abrazos que te regalé.
-No, te lo ruego, deja que me quede con él.
-Entonces regálame uno de los tuyos.
-Claro…
¿Cómo no?, ¿cómo no recordarlo? Si fue una de las cosas más lindas que me pudieron pasar en la vida!
-Estás aquí conmigo!
-¿Cómo no estarlo?
-La otra vez no lo estabas.
-La otra vez tú tampoco.
-¿Qué es esto?, ¿dónde estamos?
-Estamos juntos ahora, el resto no importa.
-Estamos…juntos…?
-Puedes comprobarlo-dijiste y pusiste tu mano en frente mío. Extendí mi mano y nuestras palmas quedaron unidas.
-Es cierto! No sabes lo feliz que estoy porque hayas vuelto.
-Pero si fuiste tú la que viniste.
-¿Qué importa si yo vine o tú volviste? Estamos juntos.
Metí la mano en el bolsillo de mi abrigo y toqué el papel perfectamente doblado, lo arrugué entre mis dedos, recordando que la realidad ya no existía.
Te miré, tus ojos negros estaban ahí, como siempre, esperando a los míos. Te miré, me miraste, así como suele pasar, y los dos sonreímos. Recuerdo tu cara sonrojada, recuerdo que me dijiste: estás rojita, rojita.
Te acercaste a mi oreja y susurraste:
-Te amo…
-Grítalo.
-Te Amo!!!
-Yo más!!!
-Aún tienes mi suspiro?
-Sí-te respondí. Buscaste detrás de mi oreja.
-Aquí está, ni lo habías tocado.
-Tenía miedo de que se escapara si lo sacaba…
-Toma, guárdalo bien.
Tomaste mi mano y la abriste, pusiste el pañuelito arrugado y la volviste a cerrar. Apreté mi mano, pude sentir tu suspiro susurrando y quejándose, se estaba asfixiando. Abrí la mano y lo vi estremecerse, tembló ligeramente, “está vivo”, pensé; levanté una de las cinco puntitas del pañuelo y sentí la mano fría, levanté otra puntita y una tercera resbaló sola, por último quité la cuarta puntita y no hizo falta retirar la quinta… el suspiro anduvo unos milímetros y con una de sus pequeñas alitas transparentes se la quitó.
Se paró en el borde de mi mano y miró hacia abajo, aleteó un poco, dio un par de saltitos y se echó a volar, vistiéndolo todo de frío blanco. Deshojó algunos árboles a los otros los volvió esculturas de hielo, tapó el sol con una nube de nieve, bajó la niebla a nuestros pies y puso un par de gotitas heladas en cada ojo de nosotros.
“Un paso más y te mato”, diste un paso más. Apreté los chacos entre mis dedos y me dispuse a darte un golpe en la cabeza, pero dudé… y lo hice; fue entonces cuando caíste al suelo, con sangre en tu oreja, me miraste, desde el suelo, y me extendiste tu mano.
-Ayúdame a levantarme-me dijiste
-Lo siento…-dije extendiéndote mi mano salpicada de tu sangre.
-No importa…
No viniste al otro día. “…”, pensé. Al siguiente tampoco. “emm…”, pensé. Al otro día volviste a faltar. “¿y?”, pensé. Quinto día de la semana y no venías. “Por qué?”, pensé.
[-Murió?
-Lo sentimos, señora…
-Déjese de formalidades! Por qué no me lo dice de frente?!
-Su hijo murió, señora.
Volvió a su asiento, el de la mitad de una fila de cinco sillas blancas de patas negras. Puso su mano en la frente, apoyando su codo en su rodilla, la otra mano sostenía el celular. Soltó una lágrima, luego un leve gemido, por último un grito desesperado.]
-Cómo estás?
-Aún me duele…
-Estaba preocupada…
-Mmm, ya…
-Estás bravo?
-No, no estoy bravo…
-Te rompí el cráneo, deberías estarlo…
-Desde que te conozco no he podido volver a sentir odio.
-Y bravura?
-Ciego, torpe y tonto…
-…amor.
Tomé tu mano, me acerqué a tu cara…
-Puedo?-susurré
-Sí.
Besé delicadamente tus delgados labios, suaves, aún los recuerdo.
-Me extrañas?-dijiste en mi oído.
-Muchísimo-respondí.
-Volveré.
-Cuándo?
-Volveré, te lo prometo.
-Te estaré esperando…
-Pide algo.
-Un suspiro tuyo.
Sacaste un pañuelito y me envolviste tu más sincero suspiro.
-Pensado en ti-me dijiste mientras lo metías en mi oreja.
-Gracias.
-Te amo.
-Shhh… no lo digas, eso es algo que la gente no está acostumbrada a oír.
-Te quiero
-Yo más.
Recuerdo esa conversación, parece que fue hace tanto tiempo, charlada toda al oído.
Sólo susurros y un beso.
-Tengo algo para ti- te dije
-Dime…
-Una sonrisa, dos abrazos y tres besos.
-Tu sabes que son las tres cosas que más me gustan de ti. Te quiero.
Capítulo 2: Hoy me levanté con esa poco-original sensación de "nadie me entiende" y la confusión me embargó por completo. Pd: cuando pido algo la gente me responde con palabras soeces. No entiendo.
Capítulo 3: He soñado. Muchas máscaras y molinos de colores. Caras inexpresivas. Me arrastraba por el desierto, atada a un lazo rojo.
Capítulo 4: He despertado vestida de blanco, en una cama. Rodeada de médicos que decían: ha despertado la loca.
Capítulo 5: Cuando muevo el pie siento que muevo la mano. Es extraño.
Capítulo 6: Una bala perdida ha entrado en mi cerebro, lo ha atravesado hasta el cerebelo, que controla mi respiración. Si no la sacan en una hora moriré.
Capítulo 7: (una hora después) La dejarán ahí.
Capítulo 8: Morí, les escribo desde el cielo. Creo. A veces siento que bajo, siento calor y comienzo a chamuscarme. Capítulo 9: Bitácora del psicólogo: La loca sólo repite: "Estoy en el cielo, estoy en el cielo"
Un día común y corriente estaba yo sentada en la mesa del comedor, muy pensativa, ni siquiera me percataba de mi respiración, cosa que casi siempre hago. Entonces abrí muy lentamente mi boca mientras tomaba aire y me atreví a preguntarle:
-Yo por qué aparento lo que no soy? -Cómo así?-me respondió ella -Es que casi todos mis amigos me dicen que antes de conocerme pensaban que yo era una persona aburrida... y que no lo soy... ¿por qué aparento ser aburrida? -Mira-dijo ella-las personas son como puertas, y las puertas pueden estar completamente abiertas o completamente cerradas, como tambien entreabiertas-hizo una pausa, tomó un sorbo de agua-qué puerta te llama más la atención de las tres?-preguntó finalmente. -la entreabierta...-respondí en voz baja. -las puertas etreabiertas llaman la atención de gente curiosa.Una persona que es como una puerta entreabierta no muestra siempre lo que es... porque algo se ve...pero no completamente, sólo el que se atreva a asomarse descubre lo que realmente hay detrás de esa puerta. -Veo...-respondí-y entonces quién es una puerta abierta? -Sabes quién es un buen ejemplo de una puerta totalmente abierta?...(no diré el nombre) -Por qué?-dije -porque pone toda su bobera y pendejada afuera, así, la riega a la vista de todos, una persona así no tiene nada por descubrir y llama la atención de justamente gente poco o nada curiosa... -Yo...soy una puerta...entreabierta?-pregunté. -Sí, podría decirse que eres una puerta entreabierta...
Ahora es cuando... ahora es cuando me doy cuenta de que no estoy en donde debo estar, nunca lo estuve. Debería estar muerta, allá perdida comiendo mango viche en donde nadie pudiera ver cuando la gota de jugo chorree por la comisura derecha de mi boca.
Siempre sentí que me faltaba algo, nunca supe lo que era. Pero estoy segura, completamente, de que ahora estoy en un lugar vacío... no, realmente no estoy segura de ello, creo que estoy... en ninguna parte, tal vez no pertenezco a algún lugar en especifico, tal vez eso era lo que me faltaba: no estar en algún sitio definido.
Siempre lo supe, en mi inconciente, pero nunca lo acepté, estaba sola (Maldíta soledad acompañada), y... ¿a quién le importa lo que yo diga, lo que piense, lo que haga, lo que escriba, lo que dibuje, lo que sea que sea yo?, a nadie, porque realmente nunca le importé a nadie... quisiera poder capturar el instante de mi muerte, y que todos me vieran, que vieran mis ojos perdidos, blancos e inexpresivos...
La corriente vital, un flujo constante que recorre todo el planeta, fuente de vida y origen de todos sus seres. Shinra descubrió un modo de utilizar la energía de la corriente vital en nuestro beneficio, eso hizo mucho más cómoda nuestra existencia, sin embargo, no hacíamos más que consumir la vida del planeta. Muchos eran los que pensaban así.
Shinra utilizó la fuerza contra todos sus detractores, formó un comando especial llamado Soldado. Cada uno de sus miembros portaba en su cuerpo células de Jenova, el azote venido del espacio largo tiempo atrás para destruir el planeta. Entre ellos estaba Zephiroth, el más destacado soldado, sin embargo la rabia se apoderó de él tras descubrir que era fruto de un terrible experimento de Shinra, después de eso empezó a odiar a Shinra y su odio se extendió a todo: Shinra contra sus detractores, Zephiroth que ansiaba con todas sus fuerzas la destrucción del mundo y los que trataron de detenerle.
Muchas fueron las batallas que se libraron, cada batalla alimentaba la desesperanza, y alguien muy querido para mí volvía a formar parte de la corriente vital. Entonces, llegó el día definitivo, el propio planeta puso fin al conflicto de una vez por todas, utilizó la corriente vital como arma y cuando sacudió la Tierra las luchas, la codicia, la amargura… todo sucumbió bajo el torrente de energía.
La tristeza fue el precio que pagamos para que todo acabara, eso fue lo que me contaron hace ya dos años, pero el planeta estaba más resentido de lo que pensábamos, lo llamaron el síndrome del Geoestigma…