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jueves, 10 de marzo de 2011

Just like a fairytale

Creí haber estado perdida hasta que encontré aquella pequeña casita en medio del bosque, con luces en las ventanas. Creí, entonces, estar perdida en un cuento de esos que todos conocemos. Creí tantas cosas que de momento me parecieron tan poco realistas, pues ni estaba perdida ni era un cuento; era un sueño, pero no lo estaba soñando yo, ¿si me hago entender?, alguien estaba soñando conmigo. Y ese alguien vivía en aquella casa que ninguno de nosotros cree posible que exista porque creemos que sólo aquellos dos hermanitos la encontraron.
Entonces aquella persona quiso que yo supiera quién era quien estaba soñando conmigo. Claro está que si esa persona no hubiera querido que yo supiera que estaba metida en un sueño ajeno yo no lo hubiera sabido, ella mandaba en su sueño, era suyo al fin de cuentas, ¿no? Yo, consiente totalmente de los actos que no podía controlar pero que me parecían de poca relevancia, entré en la casita de dulce de dos pisos, que, como en todo cuento conocido, estaba entreabierta. En la casita no había nadie, pero había dos camas perfectamente tendidas y una cunita.
Me asomé a la cuna y ahí estaba un bebé, era un bebé como yo o usted podamos imaginarnos, quiero decir, un bebé completamente normal. Vi salir de su cabeza globitos, como los de las historietas, y ahí estaba yo asomándome por una cunita donde dormía un bebé completamente normal. Usted habría seguramente actuado como yo, que atraída por un nosequé se me ocurrió tocar el globito con el meñique. Era más que obvio, éste se reventó.
Abrí los ojos, era una oscura mañana de miércoles, tres y treinta y dos de la madrugada, hacía frío y llovía; entonces me di cuenta: jamás hubo tal bebé ni tal casa ni tal bosque ni tal sueño.

Quenas

La calle era larga y empinada, almacenes con artesanías colgadas por todas partes llenaban sus lados. A lo lejos se escuchaba la música, la sangre dejó de correr por mis venas para bailar en ellas, no parpadeaba, estaba ansiosa. Al llegar al final de la calle y divisar ese grandísimo montón de gente, bailando en círculo en aquella plaza, redonda, de ladrillo, el sonido de sus pies contra el suelo me estremeció.

Me abalancé escaleras abajo para llegar a la plaza y pronto me encontré hundida entre aquella multitud, todos sudábamos música, y bailábamos a su ritmo. Pero, hubo un momento en el que, al mirar hacia el suelo, vi unos zapatos que pertenecían a unos pies que bailaban tan bien que quise perseguirlos. Así lo hice. Choqué con su cuerpo y él con el mío, las sonrisas surgieron en medio de la música y al seguirnos los pasos, la amistad.

Pero la noche acabó y la música se detuvo, los pies dejaron de golpear el suelo y se dirigieron a sus lugares. Pronto, el lugar quedó vacío, un vacío oscuro que traía peligro. Con éste silencio, ésta oscuridad y éste peligro, llegó también una despedida, que consistió en darnos la espalda y no volver a vernos jamás.

Pucheros

Me había dicho que se iba a ir, y, en efecto, se fue, se fue como sólo usted sabe irse. Se fue con esa sensación extraña de agua en los zapatos, o como si tuviera canicas en ellos. Nunca me dijo ni una palabra acerca de por qué se iba caminando de esa manera tan curiosa, y siempre me pareció curiosa su forma de caminar al irse, como si fuera la primera vez que caminaba para irse.

Se fue, pero no se fue de espaldas, no, usted se quedó mirándome como quien no quiere la cosa, usted me dijo que se iba y se fue. Usted se fue y me dejó allí, con usted pero sin usted, porque usted me dijo que siempre iba a estar ahí conmigo, sin embargo, yo no lo veo aquí, lo llamo por su nombre y le digo que no lo veo, que por favor se haga visible, pero he comenzado a pensar que usted se fue por completo porque nunca me responde.

Yo quisiera volver otra vez de nuevo a verlo aquí a mi lado, pero yo no sé dónde se encuentra usted. Usted me dejó en las piernas algo que me hace caminar como usted cuando me voy, y como sigo caminando como usted cuando se iba creo que usted no se ha ido por completo. De todas maneras estoy con usted pero sin usted, y eso me hace un poco parte de usted, como si media parte de mí se hubiera ido con la media parte de usted que se fue, y media parte de mí se hubiera quedado con la media parte de usted que se quedó.

Me rompo la cara, ¿sabe?, me la rompo hasta darme cuenta de que la parte de usted que se quedó ya no está porque no se da cuenta de que me rompo la cara. Sufro por usted, porque se fue con una mitad primero y con una mitad después, o sea que usted se fue todo pero se llevó una mitad mía y eso no me parece, ¿sabe?, no me parece.

Así que usted me va a hacer el favor y va a volver conmigo ahorita mismo, va a decirme que no se va a volver a ir de mi lado, va a darme un besito en la cabeza como solía dármelos y va a abrazarme, va a abrazarme más fuerte que como lo hizo la última vez, cuando se fue con canicas en los zapatos. Usted me va a dar la mitad mía que se llevó con usted, me va a regalar un suspiro, me va a mirar y me va a decir que…

FIN

jueves, 10 de febrero de 2011

De tanto pensar y perder el tiempo...


Dejar que la muerte nos bese para que la vida se refresque.

sábado, 8 de enero de 2011

Hermenegildo

La fricción de los zapatos contra el pasto frío producía un susurro que imitaba la respiración del campo. Los árboles brillaban de una manera extrañamente blanca y él se acercaba hacia el laberinto oscuro y húmedo creado en el tiempo de los brujos. Pronto la noche cayó y su gélido aliento lo cubrió todo de una oscuridad absoluta y propia de ella, una noche en la que la luna se había perdido y parecía no querer aparecer. Él caminó hasta el borde del grandísimo montón de árboles y, deteniéndose frente a uno bastante delgado en comparación con los otros, sacó de su bolsillo la madeja de piola que cuidadosamente había elegido y enrollado en un pedazo de bambú.

Yo me preguntaba qué era lo que buscaba, qué quería encontrar dentro del tupido y oscuro bosque, pero me resignaba únicamente a acompañarlo en silencio y sin que él lo supiera. Aunque lo alumbraba con mi lucecita intermitente dudo que haya notado mi presencia, aunque volaba alrededor de su cabeza para intentar decirle que era peligroso lo que haría, dudo que hubiera sabido que estaba allí.

Una vez hubo amarrado el extremo de la piola al árbol, se internó en el bosque. Yo lo seguí, silenciosa, tratando de mermar el zumbido de mis alas y queriendo alumbrarle el camino. Hasta un momento la curiosidad le ganó a mi miedo, pero a medida que avanzaba mi temor crecía y terminó por ganarle a mi curiosidad. Siguiendo la cuerda que él había amarrado retorné al borde de la carretera y me escondí en la hojita de un arbolito solitario, cercano al bosque.

No pasé mucho tiempo allí. Oí unos pasitos rápidos y raspados contra el piso. Me asomé por el borde de la hojita y pude ver a un pequeño hombrecito con un gran sombrero puntiagudo y arrugado y un vestido café que llegaba hasta el suelo y le escondía los pies, al igual que las mangas le ocultaban las manos. Se acercó con su gracioso paso hasta el árbol donde se encontraba amarrada la cuerda y, simplemente, la desamarró, sin siquiera fijarse si alguien lo observaba. Luego se la amarró al dedo índice y comenzó a caminar, siguiéndola. Decidí seguirlo. Caminaba ligero y podría haber pensado que sus pies no tocaban el pasto de no haber sido por el ruido que éstos producían.

Unos pocos minutos después el curioso hombrecillo comenzó a canturrear: “Hermenegildo, Hermenegildo, vuelve aquí, Hermenegildo”. Yo me adelanté, siguiendo la cuerda, el hombrecito no estaba a más de veinte metros de él. El hombrecito siguió canturreando hasta que él respondió: “¿Quién anda ahí?”, a lo que el hombrecillo respondió: “vuelve, Hermenegildo”. El hombrecito se paró frente a él, la punta del sombrero le daba por el ombligo, pero en realidad él llegaría si acaso a sus rodillas. Alzó su mirada hacia Hermenegildo y descubrió su cara carcomida por las arrugas, sus ojos brillaban con una enceguecedora luz dorada. Hermenegildo cayó de rodillas ante él y sus ojos se desorbitaron al encontrarse con los del hombrecito, que le ordenó: “¡Sígueme!”. Hermenegildo lo siguió de rodillas hasta salir del bosque.

Una vez fuera, el hombrecillo le ordenó levantarse, yo los seguía, callada como siempre, observándolo todo con mis pequeños ojos. El hombrecito le amarró las manos a Hermenegildo con la cuerda y agarró el extremo de la piola. Empezaron a caminar por el oscuro camino, Hermenegildo parecía sonámbulo y el hombrecillo acompañaba sus pasos con una dulce pero extraña melodía que tarareaba.

Ya cansada de volar durante tanto tiempo, me posé sobre el pelo de Hermenegildo y dormí. Al despertar aún estaba oscuro pero las estrellas que habían desaparecido del cielo anunciaban que el amanecer estaba próximo. Miré hacia atrás y con sorpresa que me dejó paralizada vi cómo miles de ellos nos seguían, con sus ojos dorados brillando en la oscuridad y tarareando al unísono la extraña melodía.

En poco tiempo las nubes tomaron una tonalidad rosada y la luz anaranjada del sol transparentó al Hombrecillo y a Hermenegildo que en unos contados segundos se tornaron tan transparentes que desaparecieron. Entonces miré hacia atrás y comprobé que los millones que nos seguían habían desaparecido también. Así que me quedé sola, revoloteando perdida, en medio del camino húmedo.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Probando jugos

Ya varias horas habían pasado, no las suficientes como para que sintiera hormigas en las piernas, pero sí bastantes. No tenía hambre, más bien tenía en mi cerebro todas mis tripas, que habían explotado después de un ataque de rabia. Y uno por acá en San Antonio, sin poder disfrutar de la vista que siempre me ha gustado, las casas altas y coloridas repartidas cuidadosamente por las empinadas calles, y la gente, la gente…

Aún tenía rabia, rabia por saber que no sabía cuántas horas más iba a tener que caminar ni dónde ni qué iba a comer, que probablemente sería comida podrida. Y yo sólo observaba, las bolsas de basura, artísticamente distribuidas por los andenes, los andenes con huecos llenos de agua (acababa de llover) dónde los pajaritos y los perros se acercaban a refrescar sus amargas gargantas, después de haber comido de la misma comida podrida que probablemente yo tendría que comer dentro de unas horas.

Ahora, sentada en La Colina bajo un arbolito observo la gente. Él es uno de esos locos que están tan locos que parecen cuerdos y le hacen creer a uno que es uno el loco que no puede ver a quien con ellos está hablando, “¡vino a contarme las papeletas!,<¿¡Cuáles papeletas!? > , le dije yo, ¿qué pasó?”, grita extremadamente enfadado, ¿qué pasó?, eso me pregunto yo. Se aleja, se aleja, se fue, gritando. Está saliendo otro; es una casa cuadrada, amarilla con bordes verdes, enrejada; él sale por la puerta, como una persona normal, abre la reja y sale al andén, camina hasta la ventana de su propia casa y golpea con el dedo el cristal de la ventana, no sucede nada, sigue golpeando, saca la lengua, “aaaaaahh”, dice abriendo mucho los ojos. Golpea y golpea la ventana, sin meter la lengua, hasta que se asoma, corriendo la cortina, un gatito gris. Él parece no verlo, sigue golpeando la ventana.

Ahora sale una señora algo molesta, toma al personaje por el brazo y le dice algo, luego lo hala hasta adentro, cierra la reja con candado y de un empujón mete a este amigo tan curioso a la casa, entra ella y cierra de un portazo.

Para mi alivio la comida no estaba podrida. Me levanté del pasto. Una chispita con olor a ceniza calló sobre mi nariz, miré al cielo, lloviznaba. Retomé mi camino por una calle más bien solitaria, al llegar a la esquina me sorprendieron dos personajes algo viejos ya, vestidos con chaquetas de jean y muchas cadenas, tenían aretes en todas partes de la cara y el hombre levaba el pelo peinado en una cresta teñida de morado; la mujer, tenía sus delgadas piernas cubiertas por unas medias veladas bastante rotas y caminaba con algo de masculinidad. Pasé por su lado, poniendo esa cara que todos ponemos al encontrarnos con personajes de este estilo, para que no se note que creemos que son extraños. Él pasó igual de indiferente, pero ella de un momento a otro me tomó del brazo y me susurró: “cuídate de confiar demasiado”. Después de eso, me soltó y siguió su camino, no sin dejar un nosequé en mí que me volteaba la cabeza para mirarla mientras se alejaba.

Caminé algunas horas más. Ya fuera de San Antonio, la noche me rodeaba con todas sus características mágicasgeniales. Ahora sí que las hormigas me comían las piernas, pero no importaba, la noche era hermosa. Yo caminaba, sentía, cantaba y veía todas aquellas luces de colores a mi alrededor y me alegraba. No recuerdo si llegué a mi casa.